29 ene. 2007

EN EL SOTANO BEAT DE LA DISCORDIA





ALGUNAS VERDADES NADA MAS...

Arturo Delgado Galimberti

Sótano Beat . Historia de fundadores y de complotadores. De amistades deshechas y calumnias arteras. Y todo al final se redujo a una artimaña publicitaria tan barata como la lealtad de sus protagonistas.
Al comienzo, sin embargo, había otros lemas. Arturo Vigil y Diego Bitch, tras adelantarme telefónicamente lo que se traían entre manos, se reunieron conmigo un verano de 2001 en un chifa de la avenida Canevaro, en Lince. Se veían ansiosos, expectantes. Después de mucho tiempo de divagaciones y relajamientos, al fin parecían decididos a lanzar el fanzine. El nombre se le ocurrió a Arturo Vigil (en verdad lo tomó “prestado” de un disco de pop-rock argentino de los años sesenta): Sótano Beat. Nos encantó la propuesta. No le mezquiné entonces y no le mezquinaré ahora la paternidad de la idea de Sótano Beat a Arturo Vigil, y tanto le corresponde la autoría que ha llegado a ser conocido con el sobrenombre de Arturo Sótano.
Lo que siempre me ha sorprendido de toda esta historieta tragicómica es la facilidad con que uno de los cómplices del desaguisado, Diego Bitch, vendió al diablo sus seudoidearios sesenteros por unas cuantas reseñas y fotos en Somos. Sólo él sabe por qué fue de traición en traición como una ramera perdida entre los arrabales y el fango. En aquel primer encuentro, D. Bitch no discriminó las colaboraciones ni limitó los alcances de los artículos: si bien el fanzine debía ser esencialmente sobre el rock de los sesenta, aceptó de buena gana que se escribiera sobre una banda ochentera como Let’s Active (colaboración de su hermano), una biodiscografía de Neil Young (de mi factura), reseñas de discos de casi todas las épocas y tendencias, meditaciones filosófico literarias sobre Frankenstein (de la pluma de Ricardo Bitch, quien aún no entraba a escena), un artículo-ensayo sobre Kenzaburo Oé (otra de mis colaboraciones), y más. La única objeción de D. Bitch fue con relación a la tecnología que se emplearía para el diseño: el fanzine debía parecer escrito en una máquina mecánica como las de antaño y las ilustraciones debían pegarse a mano. Cada uno armaría las páginas de sus artículos como le viniera en gana. De más está decir que nos encantó la propuesta. En una época donde abundan los diagramadores “creativos”, el photoshop y los escaners, había cierta honestidad estética en editar un fanzine como en los años aurorales en donde no cabía semejante plaga tecnológica. Era un fanzine, después de todo, no un burgués magazine.


Uno para todos...


No pretendo llevarme los laureles por el primer número, pero nadie podrá desmentirme si afirmo que no sólo más de la mitad de los artículos fueron redactados por quien esto escribe, sino que me encargué de la digitación de todas las colaboraciones, la corrección de los textos, la edición de los que necesitaban un verdadero trabajo de “corte y confección” y, para coronarla, la redacción del bilioso editorial (del cual sólo un párrafo intermedio fue agregado por Arturo Sótano y Diego Bitch). Se podría tomar aquello como protagonismo exacerbado, pero en ese caso era inevitable, en vista de que no había otra forma de armar un fanzine de 32 páginas con un solo artículo de Diego Bitch, dos de Arturo Sótano y unos cuantos retazos sacados del baúl de Ricardo Bitch. Además, a nadie se le impidió escribir ni colaborar; la escasez productiva del resto del comité editorial no era, pues, mi responsabilidad. Pero si yo esperaba que me hubiese ganado alguna suerte de respeto del clan Bitch, pronto caería en la cuenta que los códigos de honor no encajaban en sus planes. Tras los abrazos, las miradas festivas y las carcajadas abruptas en la celebración del número inaugural de Sótano Beat emergía una sombra siniestra que ocultaban con sonrisas nerviosas. Al parecer el clan me percibía como un invasor y esperaba el momento apropiado para echarme a un lado. El momento llegó cuando aterrizó el avión que trajo a Ricardo Bitch de Alemania.
Antes hubo algunos indicios. Como cuando una apacible noche Arturo Sótano y yo nos encontramos de casualidad con Pedro Psicosis en la cuadra 11 de la avenida Arenales. Para ese tiempo, el flamante Sótano Beat ya había sido distribuido entre propios y extraños, y se exhibía en los antros más concurridos por la fauna rockera. Psicosis hizo entonces un comentario que me pareció una broma involuntaria de mal gusto: “¡El editorial que escribió Diego Bitch está explosivo!”. ¡D. Bitch se había adjudicado ante Pedrito Psicosis la autoría de un extenso editorial del cual él tan sólo había pergeñado un par de líneas inofensivas y olvidables! Tuve que aclararle a Psicosis que ese texto dinamitero lo había escrito yo y no aquel triste personaje. No era la primera vez –ni sería la última– que descubría esa actitud propia de alimañas del clan Bitch. Por lo demás, de Diego Bitch conocía de sobra sus imposturas y su figuretismo culposo, así como su talento especial para calcar los dibujos (textos y canciones) de otros y luego firmarlos como propios. Justamente una prueba de su mitomanía incontrolable era “su” artículo sobre las bandas norteamericanas de garage, curiosa clonación de un dossier de la revista española RDL. Pocos años después, D. Bitch reincidiría públicamente en sus malas costumbres: grabó con Los Manganzoides “su” composición “Lluvia de fuzztones”, cuyos acordes, armonías y compases, por no decir la melodía entera, sonaban sospechosamente similares a una canción de los Fleshtones.
Era comprensible que una alimaña como D. Bitch fuera elegido por su congénere Ricardo Bitch para sostener una reunión apenas éste bajara del avión que lo trajo de Alemania. Los pormenores de la conversación no los conozco, pero del entuerto nació la idea –plasmada en el segundo número de Sótano Beat– de buscar nuevos aliados.
Mientras tanto, todo aparentaba normalidad. Distribuíamos el fanzine, asistíamos a entrevistas radiales, coordinábamos futuras acciones. Nada más concreto que eso. Hasta que de algún rincón partió la convocatoria a un cónclave para preparar el siguiente número. Ya había fecha. La víspera de la junta, Ricardo Bitch me invitó a su casa y, luego de comentar discretamente el Sótano Beat editado por mí, me mostró una serie de fanzines alemanes e ingleses, a todo color y full computadora. Hubo un primer desacuerdo y contrapunto de opiniones; supongo que esa noche R. Bitch entendió que yo sería “un hueso difícil de roer”. El Día D de Sótano Beat, que abrió una grieta amical y preparó el terreno para sucesivos cismas, nos vimos las caras nuevamente en el chifa de Canevaro, pero esta vez hubo dos invitados insospechables. La mesa la rodeábamos Roberto –insospechable–, yo, Ricardo Bitch, H. Hobbit –otro hasta entonces insospechable, a quien por semejante seudónimo también se le ha llegado a conocer como “el señor del anillo”–, Diego Bitch y Arturo Sótano. El primer cuarto de hora transcurrió entre las banalidades presumibles y las patochadas de circunstancias. Lo que siguió fue un tinglado infame. Ricardo Bitch sacó su libreta de apuntes y tomó la iniciativa de estructurar el contenido del próximo fanzine. Me reiteró una crítica que yo había aceptado hidalgamente la noche anterior en su casa: era cierto, me había extendido quizá demasiado al escribir el artículo sobre Neil Young (¡ocupaba ocho páginas del fanzine y en tipografía pequeña!). Sonaba razonable que, ahora que había más colaboradores, se limitara la extensión de los artículos. Entonces Diego Bitch intervino con una frase que repetiría esa tarde como un coro: “Arturo, dejemos que Ricardo B. se encargue del segundo número”. Ya escribí que el primer número lo había armado prácticamente yo solo en mi computadora, aunque el crédito de ello lo asumió implícitamente el comité de Sótano Beat. “Bien, le dije a D. Bitch, aquí hay un comité editorial; si te refieres a que Ricardo B. recepcione las colaboraciones, me da igual”. Un aire denso y enrarecido recorría el ambiente. “Sí, intervino Ricardo B., pero hay que realizar algunos cambios. El primer número está muy bien, pero como te dije ayer, parece más una revista que un fanzine, hay un tipo de colaboraciones que no me interesa incluir... las de literatura, por ejemplo. La idea es que sea sólo de rocanrol”. Ése era el gran problema. A mí me interesaba un fanzine cuya redacción y contenido no tuviera nada que envidiarle a una revista “seria”. Me molestaba (me molesta aún) escribir para un adolescente tarado que sólo quiere entretenerse con anécdotas idiotas de sus “héroes” del rock. No se necesita demasiada perspicacia para entender que muchos de los que estaban sentados a la mesa no pensaban igual. Ellos querían un fanzine de fotogramas y anecdotarios. Al contrario, lo que siempre he rescatado de esta especie de publicaciones es su actitud e idearios contraculturales, junto con su hechura artesanal; eso –al menos para mí– no significa pésimas redacciones, ni vacío de contenidos, ni poco texto y abundancia de cromos, ni mucho menos escribir “sólo de rocanrol”. Aunque Ricardo Bitch tenía más objeciones: “Tampoco queremos artículos contra algo o contra alguien, sino artículos de fan... si no nos gusta algo, pues no lo incluimos... creo que esa debería ser la directiva”, soltó. Es decir, querían sacar su álbum cromado de los fans del Chavo del Ocho. Sólo había que reemplazar al personaje cómico mexicano por el vocablo “sixties” y la analogía calzaba perfectamente. Bueno, sin crítica ni textos lapidarios, obviamente ya no sería el fanzine Sótano Beat original aunque mantuviese el nombre, y yo empezaba a quedar fuera de juego. El fanzine también es un buen espacio para denostar a seudoartistas y botar la bilis acumulada por tanta mediocridad encumbrada; obviamente, tiene su costo: no se puede contentar a todos ni menos librarse de las reacciones airadas. En el primer número había publicado una diatriba contra Manu Chao, a quien consideraba (y considero) un cantante mercenario, oportunista y algo cantinflesco, muy aparte de su nulidad musical. Ese artículo me valió que un tal Hakim de Merv, parapetado en la difusa realidad virtual del internet, lanzara desde un portal cuyo nombre no recuerdo infundios contra mi persona. Le respondí con un mensaje por correo electrónico que lo trastornó tanto que durante meses no cesó en enviarme virus a mi correo Hotmail. Poco tiempo después, el mismo personaje intentó exorcisar sus demonios desautorizando mi “infame artículo” con una parrafada incluida en la edición especial de la extinta revista Caleta, llamada Caleta Finale, donde citaba frases de mi artículo fuera de contexto. Pero, al margen de subjetivismos, los argumentos de mi crítica aún no han sido rebatidos.
Si existían ya suficientes razones para darme por vencido en mi inútil lucha por incrementar las neuronas en el fanzine, la tozudez del clan Bitch no me dio tregua ni para tomar aliento, cuando anonadado escuché las voces de aprobación de Diego Bitch y Arturo Sótano, otrora enemigos del diseño gráfico por computadora y el photoshop, a la manida propuesta de Ricardo B. de “modernizar” gráficamente Sótano Beat. Fue en ese momento en que me retiré al baño, no exactamente porque me provocaran arcadas, sino porque necesitaba unos minutos de soledad para comprender cómo había podido liarme con tamañas sabandijas. El único que con el tiempo se reivindicó fue (es fácil suponerlo porque de lo contrario no escribiría aquí) Arturo Sótano. Y su reivindicación fue tan contundente que el clan Bitch no tardó en meterle zancadillas, jugarle sucio y mezquinarle logros en cuanta oportunidad se le presentara. Sin embargo, curiosamente los medios de prensa asociaron desde temprano Sótano Beat con un solo nombre: Arturo Sótano. Fue a él a quien Franklin Jáuregui convocó para escribir y formar parte del comité editorial de Esquina, la revista de rock más longeva en el Perú y una verdadera escuela para quienes la leímos con devoción en los convulsos años ochenta. Él fue asimismo el único de Sótano Beat a quien Pedro Cornejo recurrió y agradeció textualmente en su libro dedicado al rock nacional por haberle proporcionado información, ilustraciones y discografía básica sin la cual, en mi opinión, el libro de marras hubiese sido un verdadero fiasco como trabajo de investigación del periodo auroral del rock peruano. Pero esos y otros asuntos ya se encargará de dilucidarlos en su día el propio Arturo Sótano.


No todo lo que brilla...


Después de tres meses de la infamia, y luego que yo lanzara un nuevo fanzine intitulado La Secta del Ruido con la colaboración de alguna gente arrancada del Sótano Beat original, el clan Bitch publicó su fanzine renovado. En la portada aparecía una ilustración impresionante de un monstruo de las películas de serie “B”. El diseño denotaba la presencia entre bambalinas de un profesional de la diagramación: H. Hobbit –quien desde ese momento se unía al clan como Hugo Bitch– se había encargado de la transmutación gráfica del fanzine. En cambio, La Secta del Ruido fue una réplica exacta del Sótano Beat original, donde sólo troqué los nombres. Mi fanzine preservó los artículos extensos, la rusticidad de la tipografía, la variedad temática y, por supuesto, el modesto diseño. El Sótano Beat del clan Bitch se había aligerado considerablemente con relación al contenido y eso se observaba desde los agigantados caracteres hasta la brevedad de la mayoría de los textos. En compensación, la calidad de la impresión, que se manifestaba en la pulcritud de las ilustraciones, era de primer nivel. Como no me había enemistado (aún) con ninguno del clan tras abandonar por propia decisión y riesgo Sótano Beat, me reuní con Ricardo B. una tarde para intercambiar fanzines. En esa ocasión, luego de hojear el flamante número, deslicé un comentario –“no todo lo que brilla es oro”– que me valió una reprimenda verbal de su parte, en la que parecía confundir adrede lo que era la expresión de una crítica, con sentimientos y actitudes negativos como la envidia y la deslealtad. El asunto era más curioso porque, desde que les comuniqué mi decisión de separarme del grupo y editar mi propio fanzine, Ricardo B. se había convertido en un paladín del juego sucio en varias oportunidades. No sólo tachó mi nombre de los créditos de Sótano Beat original antes de obsequiarle un par de ejemplares a Franklin Jáuregui, después de que este nos entrevistara en la radio, sino que intentó una velada campaña de desprestigio entre los amigos de los centros de venta calificándome de “sectario”. No, si todavía no está claro, yo no me retiré de Sótano Beat por sectarismo, sino porque desde la llegada de Ricardo B. habían realizado tantos cambios de concepto en el fanzine y habían limitado tanto mi participación en él que cualquiera con un poco de sentido común lo hubiera sobreentendido como una invitación para desembarcar la aventura. Y eso fue lo que hice. Luego, cuando buscaba el nombre para mi fanzine, Arturo Sótano me sugirió usar el título del editorial del Sótano Beat original: La Secta del Ruido, título que por lo demás él acuñó inspirado en una casa de venta de instrumentos que auspiciaba la conocida revista argentina Pelo. El fanzine nació y murió súbitamente, porque la crisis económica me terminó de ganar la partida y tuve entonces preocupaciones más importantes que gastar energías en ese lío de mentecatos.
La historieta continuó lamentablemente. Los dejé de ver un buen tiempo y me sumí en el trabajo, y dediqué mis esfuerzos en escribir reseñas de crítica literaria en la columna “La Lengua Absuelta” –nombre que me presté de una obra de Elias Canetti– que publiqué entre 2002 y 2003 en el diario Liberación. Se podría decir que hasta ese tiempo el único del clan Bitch que oficialmente rompió todo lazo amical conmigo fue Ricardo B., de manera unilateral, porque no pudo soportar que le expresara algunas verdades por correo. Él había publicado en el renovado Sótano Beat una apología de Los Shain’s, donde combinaba la erudición discográfica con el elogio desmesurado de los “talentos” de la banda. Siempre he respetado a un fan de rock, porque yo mismo lo soy (y acérrimo), pero lo que sí me disgustan son los mitómanos que se valen de faramallas para “hacer fama” y complacer su megalomanía. Si Ricardo B. hubiese escrito un panegírico a Lou Reed se lo hubiese creído, pero no entendía cómo en el lapso de dos semanas podía convertirse en un fan –en fase terminal– de Los Shain’s. Esto era tan cierto como que cuando vino de Alemania el susodicho no había escuchado ni una mísera canción de esa banda sesentera: pidió prestado dinero a Diego B. para comprar en las galerías Brasil una moderna edición española en vinilo del primer disco de la banda y “saqueó” todos los casetes de Los Shain’s que Arturo Sótano tenía desde siempre. Todo lo hizo tan adrede que leerlo me produjo no sólo incredulidad sino hilaridad. Sin embargo, su payasada involuntaria no hizo que les tuviera más estimación a Los Shain’s de la que merece una banda de segundo orden, y esta opinión la mantendré aunque todos los garageros “sixties” de Estados Unidos, Inglaterra, Alemania y España cometan el despropósito de reivindicarlos, porque ya está probado que el disparate está globalizado.
Pero, como escribí, la historieta continuó. Ya no veía ni hablaba con nadie del clan Bitch, si bien sólo uno de ellos oficialmente se había enemistado conmigo. Con quien sí coincidía de cuando en cuando era con Arturo Sótano. Una noche me visitó abrumado. El clan le había recortado sus artículos y lo había arrinconado a un papel secundario en el fanzine; es más, lo mantuvieron al margen de las entrevistas que, por un mínimo sentido de lealtad de grupo, debieron realizar todos los miembros del comité editorial. La directiva contra él ya estaba consumada. Incluso buscaron protagonismo a través de medios de prensa como El Comercio y su revista Somos para “anular” la imagen que Arturo Sótano se ha ganado como un verdadero coleccionista del rock sesentero. Pero eso no era todo. Su bajeza de alimañas no tenía límites y atacaban por todos los frentes en su delirio desenfrenado por ocupar no sabemos qué lugar en la historia de la infamia. Aunque yo hace rato me había retirado de esas necias escaramuzas, en el tercer número de Sótano Beat, Diego B. mandó a uno de sus chacales a atacarme gratuitamente con una alusión textual que nuevamente me presentaba como alguien sectario a quien supuestamente sólo le parecía válido el rock con mensaje político. Debía yo de imaginar que mi “politización” era la causante de mi afición por cantantes y bandas de tan evidente “mensaje revolucionario” como Buddy Holly, Burt Bacharach, Paul McCartney, los Beach Boys, los B-52’s, Simon & Garfunkel, Duran Duran, entre decenas del mismo calibre, o mi admiración por baladistas “radicales” como Raphael de España, en un amplio espectro en el que por supuesto también cabían grupos con un discurso político y confrontacional como X, Gang Of Four y The Clash, entre muchos otros. Pero el colmo y lo que, en definitiva, selló mi alejamiento de todo ese submundo en que están enfangados los del clan Bitch fue haber reeditado el primer número Sótano Beat eliminando no sólo mis créditos sino varias páginas que yo había escrito, saltándose con la mayor conchudez la valla de cualquier permiso al respecto. Un gancho de izquierda a Hugo Bitch y un ultimátum a Diego Bitch fue suficiente para que se escondieran en sus madrigueras, hasta hoy.
Los rezagos de esa experiencia con Sótano Beat y La Secta del Ruido se manifestaron hace ya un año, a propósito de una conferencia sobre rock y contracultura que dicté en el centro cultural del Británico de Miraflores, dentro de un ciclo titulado “Teoría para la contracultura” que organizara Rodolfo Ybarra. Un periodista mendaz de Caretas nos citó para una entrevista y, no bien se enteró que yo era aquel que abandonó Sótano Beat, sospechosamente comenzó a anotar en su libreta dos frases de cada respuesta y nos despidió un tanto incómodo. Es cierto que nuestras declaraciones no eran “vendibles”, de modo que nunca se sabrán sus verdaderos motivos –ni importan ya sino como curiosa anécdota– para desechar la publicación de la conversación y omitir cualquier información del evento. En cambio, sí fue evidente cómo Fidel Gutiérrez se montó en un extenso artículo sobre Love que publiqué en mi fanzine La Secta del Ruido, que él mismo me lo compró hace cuatro años, para escribir uno sobre la misma banda en la revista Freak Out como si hubiese descubierto la “pólvora”. Ya sé que la diferencia es que a él lo van a reseñar sus amigotes de Somos, pero para la próxima vez, le recomiendo que sea un poco más original e investigue más: la historia del rock es un baúl lo suficientemente amplio para encontrar muchas sorpresas valiosas.
Cuando decidí escribir esta crónica, a solicitud de Only Sixties, puse como condición que fuera publicada tal y como lo hubiese redactado, lo cual fue aceptado por Arturo “Sótano” Vigil con la bonhomía que lo caracteriza. La censura, los recortes, las omisiones obligadas, se acabaron al menos en este espacio donde tienen su reino las palabras libres. Saludos por eso a Only Sixties y fin del réquiem para Sótano Bitch.

*Escritor. Ha publicado las novelas La Ruptura y Los Espejos del Infierno. Ha escrito artículos de crítica literaria y reseñas de rock en varios medios de prensa (El Sol, Cambio, Liberación, Alter Ego). Fue cofundador de Sótano Beat. Actualmente prepara un ensayo sobre rock, cuya publicación se prevé para este año.


PUBLICADO EN EL FANZINE ONLYSIXTIES (VERANO DEL 2005)