19 abr. 2012

El encuentro entre el rock y la música peruana II (Entrevista a Arturo Vigil )

(Miguel Flores y su grupo Ave Acústica)

En 1973, tras el golpe de Pinochet, el músico peruano Celso Garrido Lecca regresa de Santiago de Chile entusiasmado por el movimiento de la Música popular durante el gobierno de Salvador Allende y crea en Lima el Taller de la Canción Popular en el Conservatorio Nacional de Música. A este taller se integra Walter Paz, enérgico guitarrista de Los Yorks, quien se aleja del rock para formar parte de Tiempo Nuevo, banda concebida en ese taller. Paz forma también Corpus y Korillacta, este último junto al fallecido maestro Félix Casaverde. Otro músico de las canteras del rock que se incorporó a Tiempo Nuevo fue Dante Piaggio, quien venía de tocar en el grupo Illicit junto a ex músicos de We All Together y que luego formaría el grupo Amaru.

PARTE FINAL. El encuentro entre el rock y la música peruana"

Las raíces de un mestizaje musical

A mitad de los años 70 las condiciones para los músicos de rock se volvieron cada vez más difíciles. Comienza una etapa oscura, donde hay pocos conciertos y los lanzamientos discográficos son igualmente escasos. Los rockeros peruanos toman entonces distintos caminos. Unos dejan la Música para dedicarse a una profesión más “segura” y otros se van del país. Los que quedan, deciden explorar en otros géneros, algunos interesados por el rollo de la Nueva Canción o del folclore latinoamericano, como fue el caso de Walter Paz y Dante Piaggio. El escritor e investigador Carlos Torres Rotondo, autor del libro “Demoler”, explica que en esa época se da un “trasvase de músicos y públicos rockeros a la Nueva Canción”.

En 1974 aparece el grupo Ave Acústica, uno de los proyectos musicales más vanguardistas salidos hasta el momento, donde se mezclaba el rock sicodélico y el folclore andino. El proyecto fue encabezado por Miguel Flores, quien era el baterista de la banda de rock pesado Pax, hasta que un accidente lo dejó sin poder caminar durante ocho meses. En ese lapso se dedica a la lectura y a aprender a tocar guitarra, dejando fluir su influencia andina.

“Supongo que así como uno habla con un acento cuando proviene de un lugar, pasa lo mismo con la Música. Las influencias te dejan un dejo musical y mi dejo era que me gustaba tocar todo como si fuera huaynito. Ponía los acordes de rock, las ‘power chord’, y las rascaba como si fuera huayno. Me encantaba el resultado”, rememora Miguel.

Al mismo tiempo, Miguel Flores empezó a interesarse en músicos vanguardistas como John Cage y Karlheinz Stockhausen. Algunas presentaciones de Ave Acústica comenzaban con el conteo regresivo que precede al lanzamiento a un cohete, anticipando un verdadero vuelo musical. Tras el lanzamiento del cohete, un ruido se apoderaba de la sala. Es un platillo grabado a otra velocidad y luego procesado con un efecto de reverberación. Miguel recogía sonidos ambientales que procesaba con efectos o creaba los suyos propios, influido por sus lecturas sobre la Música concreta, y los lanzaba en vivo desde una grabadora de cinta abierta. Un rudimentario y creativo método de “sampleo”.

Las presentaciones eran acompañadas por proyecciones con imágenes de paisajes peruanos como el Bosque de Piedras de Huayllay, en un intento de generar una experiencia audiovisual.

El grupo estaba conformado por Gaby Cavagnaro, Carlos Espinoza, Alfonso Díaz, Jaime Urco y Roberto Núñez, además de Richie Zellon, fundador de El Ayllu, quien tocaba el chelo. Por cierto, ellos renegaban de la Música latinoamericana, pues les parecía que imitar a los grupos argentinos o Chilenos era tan alienante como copiar al rock estadounidense o británico. Uno de sus espectáculos más ambiciosos se denominó “Manasonojoyospa Muspaynin” o “Sueños de una Locura”, presentado en el Teatro La Cabaña en diciembre de 1975.

Parte del repertorio de Ave Acústica era en quechua, gracias a la ayuda del abuelo Miguel que traducía sus letras. Incluso realizaron un cover de la banda británica Curved Air en ese idioma. La experiencia duró dos años, suficiente para generar todo tipo de reacciones. Para algunos, Ave Acústica malograba el folclore mientras que para otros, era un grupo innovador. Lamentablemente no alcanzaron a grabar nada en estudio y lo único que conserva Miguel Flores son registros en vivo que esperan ser reeditados en algún momento.

Gracias a la experiencia en Ave Acústica, Miguel Flores fue invitado a Japón en 1980 para un proyecto alucinante: poner en escena una versión de la opera andina Ollantay con texto en japonés. Se llevó a Manuel Miranda, Eduardo Freire y Lucho Sotomayor y dirigió al grupo de Música electrónica experimental Kanze On, muy influido por los alemanes Tangerine Dream. Esta versión peruano-japonesa de Ollantay estuvo dos semanas en cartelera.

“Todo es fusión lo que pasa es que en los 70s se hizo consciente el proceso de estar mezclando. Antes eso no era un elemento que entrara a determinar si tu Música era buena o mala”, explica Miguel Flores, quien realizó innumerables proyectos musicales hasta la actualidad.

Ave Acústica en 1975. Su propuesta de neofolklore no fue entendida en su momento.

El resurgimiento

A fines de los 70’s e inicios de los años 80 el rock no despertaba de ese largo letargo en que se había sumido, (voluntario para algunas, forzoso para otros) durante la dictadura militar.

El lanzamiento de “Avenida Larco” de Frágil parecía ser la esperanza de un rock con una identidad más peruana, pero no fue así y los grupos que existían se dedicaban a tocar canciones de bandas extranjeras. Al respecto, Arturo Vigil explica: “el rock estaba muy ‘limeñizado’. Crecimos musicalmente pero nos hicimos pequeños con la cuestión del idioma. Al cantar en inglés te alejabas del gran público”.

Al mismo tiempo se desarrolla una escena paralela, “subterránea”, que tenía por consigna el hacer Música propia y no versiones de otros. Parte de estos grupos se interesaron en la fusión con la Música andina y así tenemos a Abiosis, Kotosh y Soljani, entre otros, que en 1982 formaron la Asociación de Músicos Integrados (AMUSI), una experiencia que duraría apenas dos años y que convocó a otros proyectos que, así como ellos, cantaban en castellano en un momento en que, aunque ahora parezca mentira, era casi mal visto.

De esta nueva generación de bandas de rock mestizo la más importante es sin duda Del Pueblo, hijos predilectos del distrito de La Victoria.

Fundado por el incansable Piero Bustos y Ricardo Silva, en sus inicios Del Pueblo era un grupo más tirado a la Música criolla y el folklore latinoamericano. El ingreso de Jorge “Negro” Acosta en 1982, entonces miembro de Patria Roja, sería determinante para el cambio de estilo del grupo. Piero explica que el conocer el folclore argentino, y específicamente la Música de Leon Gieco, fue determinante para que su estilo evolucione hacia el “folk rock andino” que los hizo conocidos. O “Música barrio”, como ellos certeramente lo bautizaron.

“No hubo ningún referente que pudiéramos haber encontrado. Tal vez si hubieras escuchado a El Polen hubiéramos dicho que estaba interesante pero no lo conocíamos. Partimos de cero, de recopilar todos los pedazos que encontrábamos y encontrar un camino”, cuenta Piero.

En 1984 Del Pueblo presenta su ópera rock “Posesiva de mí” en el Teatro Segura, un espectáculo musical- teatral que reflejaba las vivencias de la calle. ¿Cuántas personas fueron? Apenas 10. Entre ellos estaban el entonces subterráneo Oscar Malca y el crítico de arte Gustavo Buntix. Poco después, son invitados a un recital del grupo Hora Zero, entre cuyos asistentes estaban Roger Santibáñez y Dalmacia Ruiz Rosas, poetas de Kloaka, quienes se quedaron fascinados con su Música. Por entonces los miembros del Grupo Kloaka se habían contactado también con Leusemia y Kola Rock, igualmente encantados con su estilo callejero y auténtico, el cual querían asimilar a su propuesta poética.

Del Pueblo formaría parte de los primeros conciertos del fenómeno bautizado como “rock subterráneo” con Leusemia y Narcosis, organizados por la revista Ave Rock a fines de 1984. A pesar de sus distintas propuestas musicales, tenían en común el utilizar el castellano y hablar sin tapujos sobre lo que pasaba en la calle. Por la marihuana que fumaban y su estilo musical eran llamados “hippies” con odio de los punks limeños.

El rock subterráneo también albergó a otros proyectos de rock fusión como Diario o Seres Van, quienes compartían escenario por igual con grupos hardcore punk. Pero fue sin duda Del Pueblo el grupo que inició una tradición de rock fusión que se mantiene hasta ahora.

No se puede terminar este breve recuento del mestizaje en el rock hecho en el Perú sin mencionar a Miki González. Aunque muchos, más por desconocimiento, lo califican como el pionero de la fusión entre el rock y ritmos autóctonos, lo cierto es que él tomó muchos elementos tanto de El Polen (a quienes conoció en Cusco a inicios de los 70) como de Del Pueblo.

Curiosamente, Miki González no estaba interesado en el rock, al que consideraba una copia del blues. Sus intereses iban más por el jazz, el blues y la Música afroperuana. Este interés lo lleva a vivir por una temporada en El Carmen, donde entabla amistad con la familia Ballumbrosio. Luego iría a estudiar Música a Berkeley por dos años. Durante su estadía en los Estados Unidos queda impresionado al ver a Devo en concierto y se reconcilia con el rock. Es entonces que se interesa por un lado por el new-wave de grupos como The Cure, New Order o los mencionados Devo y continúa su exploración por la Música afroperuana. Con más de 30 años edad y copiando la estética dark de Robert Smith e Ian McCulloch, Miki González se reinventa como cantante de rock, uno de los más exitosos que se recuerde en el Perú, algo que jamás habría pensado.

¿Por qué Miki González tuvo más éxito comercial que otros artistas que ya hacían fusión?, le preguntó el crítico Pedro Cornejo. Su respuesta fue reveladora: él no era percibido por el público como un músico de fusión sino como un rockero. Y pone un ejemplo aún más ilustrativo. Cuando empezaron a tocar, la gente insultaba a Chevo Ballumbrosio, quien tocaba el cajón. “El público era muy racista y no aceptaba que el rock tuviera un cajón”, dijo.

Hasta fines de los 80 este es más o menos el panorama del mestizaje en el rock “hecho en el Perú”, si tenemos reparos en usar el término “rock peruano”. Lo que vino luego es historia conocida. La posta es tomada por Los Mojarras, La Sarita y muchas otras bandas que reflejaban en su Música a la “nueva Lima”, mestiza, pujante y colorida. Y de los nuevos grupos que mezclan por igual chicha, reggae, rock, punk, ska, cumbia, en fin, cualquier género.

Ciertamente el tema nos plantea muchas preguntas, algunas de las cuales ya han sido superadas hace años. ¿Tiene el rock una identidad peruana? ¿Si es así, lo logró gracias a la fusión? ¿Es suficiente mestizaje que sea hecho por peruanos? O simplemente dejar de teorizar tanto y disfrutar de la Música.

Fernando Pinzas (Diario LA PRIMERA)



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